Empuñando un abrazo

Colaborando con la revista Zoozobra Magazine,
Poema: Aquí



















Piso fuerte, agrieto el suelo 
y no me doy por vencida
si se trata de abrazarte por la espalda.
Cualquiera lo llamaría puñalada,
Pero tú no eres cualquiera.
Cualquiera no sabría que los mejores
impactos te pillan desprevenido,
quizá despeinado o haciendo café
Por la mañana a esas chicas que se despiertan a tu lado.
Quizá despreocupado de tanta realidad 
viéndonos pasar sin saludarnos por la calle.
Quizá preguntándote si hay algún lugar hermoso al que
debamos volver para saludarnos con los labios
Y no con las mejillas al viento.
Quizá mirando los ángulos muertos
que sostienen tu incapacidad para decir las cosas de frente.

Así que un día cualquiera, 
siendo cualquiera,
por la espalda he decidido
que voy a apuñalarte.
Digo, a abrazarte.

Eres café que arde




Cuenta hasta diez, 
escóndete en un sueño
y no salgas para salvarte. 

Hazme adivinar cuantos  
duendes viven en tu pelo 
y pídeme que me abrace a ellos. 

Ten la decencia de querer 
hacerme al menos;
una vez la guerra 
y dos veces las maletas en la puerta. 
Una para cuando te vayas 
y otra para cuando te quedes. 

Voy a pelear contra todos tus gigantes 
hasta hacerlos hormigas y obligarles 
a pasar el invierno bajo tierra. 

Prepárate y viértete en pequeñas dosis de café. 
Te tomaré esta noche, 
en esta cama 
y en este insomnio. 
Pónme nerviosa, 
revuelve todo lo que hay aquí dentro 
pero no saques nada. 
Deja las entrañas en su sitio 
y los posos al fondo. 

Mil veces te lo he dicho,   
eres café que arde.
Siempre te llevo a la boca sin esperar a que enfríes 
y me dejas con fiebre tiritando en los labios.
 

La piel de serpiente que mudamos

Colaborando con la revista Zoozobra Magazine,
Poema: Aquí





















Estoy a tres pasos de tu puerta 
y si te veo echo a correr. 
Te quiero de lejos 
y me bebo los poemas
que escribo en barras de bar. 
Me cuelo por las rendijas de mi soledad 
y duermo en otras camas. 
Fumo todo lo que se deja consumir 
y me trago el humo del que no espera nada a cambio.  
Pero todo cambia.

                           Tú 
                               Yo,
                                    La piel de serpiente que mudamos
cuando (nos) atacamos 
y también cuando (nos) amamos. 
Espero estar delante de ti una vez más 
y no darte miedo o ganas de llorar un mar
que me mires a los ojos, 
las palabras se pierdan 
y los besos se encuentren 
como si les hubiéramos pagado la fianza 
de una pena de muerte. 
 Qué ciegos estamos, 
no vemos ni cuando nos juzgamos 
y qué cobardes somos, 
no vamos ni cuando nos llamamos.
No es rojo, es ámbar.
El miedo solo existe 
porque existe la intuición
Y nuestra eternidad
duró todo lo que dura un amor
que no se puede entender.

Y qué de pena está toda ésta alegría,
no suena a portazo de bienvenida.
Y qué absurdos cuando no estamos,
solo somos cuando (nos) amamos.


Los treinta, una primavera y su lóbulo izquierdo



Me obsesioné con el chico que llegaba siempre tarde en bicicleta. 
Me obsesioné hasta el fondo, hasta que dolió y empujé más fuerte. 
Obsesión, desequilibrio, y algo de cobardía. Pero sobre todo, 
algo que bordeaba un poco más allá la idea de querer besarle el lóbulo
de su oreja izquierda.

Tenía la mirada perdida, y ese misterio de atenuante vida.
Como si un pasado tapizado en gris le envolviera todo su presente
y ni siquiera, le hiciese ilusión tener el poder de cambiarlo. 
Yo solía perder mi mirada junto a la suya para pasearla en secreto.
Tal vez como el perro que jadea porque solo sacas una vez al día.

Acerté con él. 
Estaba tan perdido de misterio que enloquecí por querer descubrir 
el origen del universo entre pupila y pupila; y lóbulo izquierdo. 
A veces, también derecho.

Le conseguí. A él, y al mundo al que pertenecía. 
Una habitación pequeña y cruelmente desgastada por el paso del tiempo
era testigo del amor que hacíamos y deshacíamos entre sábanas.

El balcón siempre estaba abierto. Se colaba el sol y el mes de Mayo
por las rendijas de la persiana, y las cortinas bailaban la música
del artista que tocaba en la calle.

Miradas cómplices,
manos entrelazadas,
sudor libre en la cama.
Era feliz y afortunada. 
Me asomaba al balcón y lo gritaba. 
Y el músico me miraba.

Y de repente un día, lo sabes.
Tienes que marcharte.

¿Qué pasó?

Nada. 
Se acabó como las cosas que terminan
por creer en ellas más tiempo del que duran. 

Y los diez años que me sacaba.