No te oigo, no te veo, no me escucho


Colaboración con la revista Zoozobra Magazine,
Poema: aquí


 

 
No se entiende nada cuando haces
eso de taparte los oídos, cerrar los ojos
y hablar alto por encima de ti mismo.

No quiero escucharme
porque hablar conmigo
es como no callar contigo.

No quiero escucharme
porque las puertas chirrían
y a las ventanas se les rompen
los cristales con forma
de balón de fútbol.

No quiero escucharme
porque en el vacío que dejaste
también se suspende el tiempo,
y las palabras no dichas.
La desventaja de amarte intermitente
la relleno de café por las mañanas,
que es algo así como amargo
y lo amargo me sabe a ti.

Me balanceo en el columpio oxidado de las
idas y venidas y me expongo a la ida de ti
sin billete de vuelta. 
Le doy mil vueltas.
De volver, de vida y de campana.
Sin arrepentimiento
sin culpa
y sin la antitetánica.

No quiero escucharme a menos que tenga
algo bueno que contarme; 
y si lo hago,
arrojo mi propia opinión
desde la azotea donde solía anochecer una hora
más tarde y al cielo le ardían las mejillas
cuando se sonrojaba al vernos besar.

No sé lo qué hacer conmigo
soy de lo que nunca quise ser
y siempre fui contigo.