Olvídalo




Vamos a hacer una cosa. 
Vamos a suponer 
que nunca estuvimos 
allí los dos juntos. 


Que tu mirada no se rozó con la mía, ni tu sonrisa intentó provocar a la mía, incluso que mis latidos no acariciaron los tuyos, ni las palabras bailaron un bonito vals antes de que tus labios se estrellaran con los míos e hicieran que el universo se expandiera un poquito más la noche en la que nos conocimos. Dime que no fue allí, en mitad de ninguna parte, en el punto exacto entre el pasotismo de un adolescente y la curiosidad de un niño cuando empezamos a jugar con el amor como si no supiésemos de antemano que era un objeto inflamable y llevaba la etiqueta de precaución en el reverso. Hagamos que no sepamos que hubo una química brutal del tamaño de tu cuerpo y el mío juntos, unidos por una ley de gravedad desconocida hasta el momento, una fuerza gravitatoria de origen animal en la que hacer el amor era lo mismo que flotar. Ignoremos la punta de tus dedos desenredando un mechón y los sueños que durmieron agarrados a mi espalda esa misma noche. Y ya de paso, olvida también el escalofrío que viajó hasta el epicentro de mi cuerpo y se hizo volcán para estallarme en mil pedazos cuando hicimos más amor con las sonrisas que con la anatomía. 

Olvídalo joder, 
que yo no lo estoy recordando.