Ella movía corazones





Tenía el corazón encendido al rojo vivo, 
solo porque amaba. 
Requería de una habilidad extraordinaria 
para revolver tu mundo. 
Podía bailar en medio del suicidio colectivo 
de las hojas de otoño,
y hacer llorar al mundo entero con el brillo 
incandescente de sus ojos. 
Era muy amante del verde de la primavera.
Y esa manía suya de acariciar la hierba,
hasta erizar todo un campo de margaritas 
que las hacía gritar
al unísono. 

Era duda, 
pero sobre todo, 
siempre era acierto. 

Era jaula abierta, 
amaba demasiado la libertad 
y trepar hasta enredarse con sus barrotes, 
solo lo hacía uno por voluntad propia. 
Quedarte con ella podía ser una enrevesada 
y dolorosa partida de ajedrez, 
pero que te voy a decir yo,
mientras ella quedase en el tablero, 
reina y dueña de mi vida, 
no había temor al jaque mate. 

Lo mejor de todo, 
es que con ella no se iba a ninguna parte.
Y a todas en realidad. 
Viajé a tantos sitios entre el alba y su cuerpo
que lo habría convertido en destino turístico 
de por vida.
Y solo a la experiencia de hacerlo, 
en patrimonio de la humanidad.

Ella era ella, 
y movía corazones. 

Lo hizo con el mío,
y a saber con cuántos más.
Los movía tanto,
que los dejaba en un estado de:


total, 
                        absoluto 
                                                         y completo 
                                                                                        delirio.